
La historia de la humanidad se explica, en gran parte, en torno al ejercicio del protagonismo de una fracción limitada de las personas, contenidos, anhelos y estilos relacionales que han formado y forman parte del conjunto de la sociedad. El desplazamiento e invisibilización de múltiples sentidos y horizontes han sido y son una constante en los procesos de “desarrollo” de la vida en el planeta. Deseos, analogías, experiencias, indicaciones, interrogantes, miradas y tonalidades perdidas, relegadas y sepultadas en las propias fronteras de miles de millones de personas que sostuvieron el mismo cielo en sus cabellos, que abrazaron, contemporáneamente o en épocas distintas, el mismo aire, el mismo silencio.
Más amplia es aun la brecha entre humanidad y desarrollo, si nos conmovemos en una relación de correspondencia y equilibrio con árboles, pájaros, ríos, animales, peces y montañas.
Y ahora respóndenos delgado ciprés.
Abierta en ti la carne. ¿Quién se llevó a los pájaros
si eran ellos una ruta hacia el misterio, quién volcó su canto en
un sobre sellado con la saliva del que dio la orden?
¿Por eso en nuestros labios la pérdida del agua,
porque somos ruido de zorzal sobre una hoja
y somos pena de perros, aullido hacia un cielo sin luna?
Nos matamos cien veces
doblados en el incendio de la misma mariposa. Seguimos vivos
y ella cae al olvido, se pierde el eje del color bajo un geranio
y el viento trae de las ventanas una mueca de incienso.
¿Tenemos que seguir nosotros respondiendo,
acaso no eres más alto que los escritorios
donde se alienta el olvido?
¿Por qué, mientras floreces, no haces temblar la tierra
para que nuestras palabras y la dirección de nuestros ojos
tengan sentido?
Ya basta de orientar la biología. Arranca, gime, grita,
estrangula el aire en tus hojas. Nuestra respiración es verde por ti
y nadie lo sabe. ¿De qué sirves entonces en nuestras gargantas
si te trasladamos a las bocas amadas y en sus bocas no hablas,
no pulverizas el viento, no esparces tus raíces y te quedas?
No podemos ser un árbol junto a ti
y tú no puedes ser un hombre a nuestro lado. ¡Qué importa!
somos relación de pájaros. En el viaje, la detención y la muerte
de un zorzal nos confundimos. El amanecer somos nosotros,
junto a innumerables otras cosas, es cierto,
pero en el amanecer de hoy, esta mañana,
tú detenido en las gotas de agua que numeran tus hojas
como nosotros numeramos las nuestras,
somos la misma estación, el mismo andén,
el mismo tren que parte con los besos que eran nuestros,
esos besos que perdimos porque nunca respondimos abrazados.
La posición de la naturaleza en los procesos de desarrollo es comparable con la posición de los niños. Ambos, naturaleza y niño, se desplazan, sobre esta realidad minimizada de la luminosidad del ser, como elementos utilitarios, moldeables, disponibles para la consolidación de un camino hacia itacas soñadas por un grupo de seres humanos que cabe en un lago y que se pierde en la imaginación de un solo niño.
Si es la armonía y disposición de todo el cuerpo lo que da plenitud y provoca el asombro en los movimientos de un atleta, de una bailarina o de una mariposa, bien podemos preguntarnos si, efectivamente, la humanidad ha transitado, de peldaño en peldaño, hacia estaciones más altas del desarrollo; si hemos avanzado; si estamos cada día más cerca de aquel horizonte común donde la tibieza de la existencia dirige sus miradas con admiración y ternura.
La movilización del mundo en torno a los anhelos de una porción de la humanidad, ha estructurado un conjunto de dominios, discursos, respuestas, indicaciones e indicadores que consolidan una red, un tejido cultural que da sentido al desarrollo de nuestra sociedad, y sobre él el tránsito de lo oportuno, de lo adecuado, de lo eficaz y lo rentable.
En torno a la extensión y reparación, cuando es necesario, de ese tejido cultural transita generalmente la educación. A su servicio se despliega el tipo de conocimiento, el estilo de las relaciones y la forma de calmar la sed de quienes buscan el agua internado en las aulas. No es la búsqueda del ser y sus anhelos, una manera de beber, lo que se expresa en las escuelas, sino el anhelo, la visión y la ascendencia de los protagonistas, sustentados en el tejido constante de una red incuestionable y selectiva, lo que se manifiesta en ellas. Desde afuera del ser provienen los contenidos de la luz, y el alumno se ve enfrentado a esa luz con el requerimiento de disponerse ante su composición como un continente vacío y oscuro.
Otra vez cae una hoja, llueve,
se levanta el aroma de la hierba
y un zorzal vuela con un grito en la sangre
y estoy aquí, estamos, otro días más
como un continente fragmentado
en la sala de clases. El sol cae y no nos toca,
la brisa pasa y no nos toca,
el silencio de la bruma se detiene
y ya no podemos escuchar
la determinación del agua y sus latidos.
Soy más pequeño que mis palabras, es cierto,
pero soy el que estornuda y crece bajo la luna
o junto a mis amigos
cuando nadie nos habla desde una sola voz irreductible
y somos en la sombra un mismo canto.
Soy bueno sobre los árboles
y no tanto en las calles. Mi hogar es tan ligero
como ellas, por eso muchas veces
me dan ganas de huir
y dividir un puñado de piedras en mi boca.
Soy bueno con el lápiz
cuando lo hago rodar sobre mi pelo
y no tanto cuando me descubren y me veo obligado
a explicar mi desconcierto.
Si saliéramos ahora mismo a enumerar los charcos
y a comparar sus volúmenes con las manos abiertas,
tal vez sería bueno en todas partes.
La educación y la escuela, espíritu y cuerpo, tienden a conformarse, en la agudización de este contexto, en el órgano reproductor fundamental de una cultura definida de manera externa a la correlación de los seres que constituyen la experiencia educativa, supervisada por una porción atenta y comprometida con una selección de metas e intereses. No vaya a suceder que, de pronto, surjan soñadores que, con otros, construyan sueños propios y les dé por convocar al mundo a sembrar en las calles avellanos, naranjos, girasoles y después, más encima, quieran regarlos. Imaginen si los niños reconocen su ritmo de personas y pretendan tocar la vida con sus manos. Es mejor que avancen sintiendo que son ellos el futuro, porque la movilización de su presente es tan vago, tan inmanejable, tan incierto. ¿Qué haríamos, si la red se va cerrando y queda convertida en una mesa tan amplia como el mundo, donde todos puedan subir y nadie tenga miedo de caer?
Los niños son el futuro... ¿no el presente?. Los estudiantes son alumnos...¿no tienen luz?. Los adolescentes...¿adolecen?. Lo que entrega la educación son contenidos... ¿los estudiantes, entonces, continentes?. Demasiada coherencia en el discurso para negar que el proceso educativo se desdibujan los caminos orientados a descubrir y movilizar la luminosidad del ser, a relacionar a las personas en torno al descubrimiento de sus inquietudes, sentimientos, motivaciones y capacidades para imaginar itacas y en torno a ellas construir senderos comunes.
La expresión fluye en el ejercicio educativo formal como un pretexto. No es el amar y ser amado, la vocación de los abrazos, el revelar con colores, con palabras o con la disposición de hojas secas la movilización interior frente a los hechos, lo que da sentido al acto de plasmarse, día tras día, en un sector de aprendizaje u otro, respecto al mar y a la familia, a las calles y plazas, al cerebro y los astros.
En las aulas del mundo se pierden y son relegadas al olvido, minuto a minuto, millones de obras en las que seres humanos han puesto en tensión sus emociones, sus formas de ver el mundo y sus latidos. Millones de dibujos, soluciones, poemas, diseños, opiniones, perecen tras ser convocados a materializarse como un pretexto para evaluar la limpieza de las líneas, la posición de las comas o el temblor de las manos al hablar. Desplazada la realidad más cercana, la que fluye del espíritu del ser analogándose en el mundo, se sentencia lo importante y se relega el valor de la expresión hacia el futuro. El sentido de complementariedad de estar y ser es dibujado con pinceladas de vapor, como detalle transitorio, fugaz, irrelevante. Desagregación tras desagregación se acumula una vocación de nutrientes que alimenta la apatía, el temor por el otro, la despreocupación por lo otro, la evolución de los jardines separados por cuchillos, de ríos convertidos en cloacas, de ilusiones imposibles colgando en las vidrieras, de medicamentos y leyes que se multiplican como muestras de la dedicación e inteligencia que nos abraza y nos guía.
Vivimos el curso de esta práctica, atendiendo, sin mayores sobresaltos aparentes, cómo, silenciosamente, los contenidos que conforman la cultura selectiva van desplazando los propios y se va instalando en nosotros una forma complaciente de transitar por el mundo.
Y sobre esta tensión educativa se pretende, en gran parte de los países del mundo, resolver la inequidad, y el estado de vulnerabilidad y exclusión que se presenta en su población. Basta con observar cómo los niños que por razones conductuales son percibidos y tratados por los sistemas educativos como amenazas, para identificar el curso práctico de la educación, su posición frente al ser y a sus motivaciones y problemáticas. Frente a ellos, una versión externa agudiza siempre sus sentidos y responde.
Por qué si respiro
y pienso en el mar, en el aleteo
del viento en las colinas,
en correr al encuentro del sol
como si anidarán en ellos
los brazos de mi madre.
Por qué me siento solo
si vuelo en tantas cosas.
Si en tantas cosas tiemblo,
si en tantas cosas sueño,
por qué son tan distintas
y en nidos tan lejanos
se cobijan
las cosas que vuelan a mi lado.
Esa fuga expresiva, ese llanto coherente con la extensión de la herida, se dilata como la visibilización de una realidad que pone en peligro el clima relacional adecuado a la construcción de sujetos sostenidos en el eje de adaptabilidad a los cambios. La escuela, en tanto actúa como laboratorio de producción de competencias, inhibe la posibilidad a que la genuina movilización del ser se pregunte y responda qué o quiénes generan esos cambios, qué o quiénes proyectan del presente la envergadura de sus alas abiertas para instalar las cualidades del individuo del futuro.
Este modo de educación, que sin embargo es transversal a los diversos estratos sociales, encuentra en los grupos que ostentan el poder en la sociedad una disposición de abdicación efectiva, coherente con su posición de reales beneficiarios, materializando el presente como una práctica constante de las realidades que les abrazarán en el futuro. La soledad y el desplazamiento del ser se resuelve en ellos de una manera distinta, y cursan el sometimiento de sus niños con recreos sostenidos y abundantes. En los sectores mayoritarios en tanto, es habitual que la educación se esfuerce en arrancar, fragmentar, el presente, vaciando la posibilidad de que la multiplicidad de situaciones y relaciones que presenta la realidad se convierta en una forma de sentir y proyectar y proyectarse en el mundo. Por lo general, los niños “amenazas”, en el mejor de los casos, son separados de sus pares y tratados con programas marginales a la posibilidad de sentir y abordar los problemas del otro como propios. Es más importante que los niños y jóvenes, y quienes participan con ellos en el proceso educativo, avancen en el dominio de las competencias que les harán correr en el futuro, a permitir que “quienes van por un buen camino” se detengan a pensar en los problemas del otro y en torno al despliegue de sus afectos, curiosidades y vínculos se resuelva la movilización de sus aprendizajes.
En este contexto, la disposición del docente, del directivo de escuela, del “buen alumno”, del apoderado comprometido con la educación de su hijo o hija, del sostenedor de colegios, se manifiesta coherentemente con el ejercicio de ir transitando en una red precaria, competitiva, con amplios vacíos y tensionada por ataduras de indicadores ajenos. En lugar de conmoverse ante un niño que expresa sus dificultades, se ven convocados a temblar, a sentir amenazados su trabajo, su cargo, su futuro, sus esfuerzos o la imagen de su empresa y sus ganancias.
Esto, sin embargo, es una grito evidente de un estilo general de educación que, con otros detalles, aparentemente subterráneos, transversaliza una dinámica, una forma de operar, de alinear el sentido de los ojos sobre el mundo, de conducir voluntades, de anticipar al ser y sus anhelos. No por nada es en los jóvenes en quienes los adultos menos confían. No por nada la violencia aumenta en las aulas del mundo como los envoltorios plásticos en las aceras, sobre el césped y en las playas. No por nada las depresiones y ansiedades se multiplican como los espacios vacíos en los bosques nativos. No por nada la droga constituye cada día más ventanas para contemplar nuevos paisajes, mientras en las poblaciones las plazas ruegan para que alguien se les acerque y volver a ser motivo de contemplación y convivencia. No por nada las leyes se modifican para condenar también a quienes podrían estar jugando al trompo, a las naciones, o elevando volantines. No por nada las cárceles están llenas de asesinos, ladrones, violadores, que un día fueron niños percibidos y tratados como amenazas. No por nada los presupuestos militares son tan altos, tan amplios, tan profundos. No por nada, los gestos de amor, de solidaridad, de integración, se han anquilosado en ciertas instituciones y no en la forma de vivir y organizarse en cada hogar, en cada calle, en cada escuela, en cada barrio. No por nada, cada tres o cien palabras, después de dos o diez caricias, o al mismo tiempo de aprender y utilizar un dato nuevo, sentimos otra vez que estamos solos, que algo falta en nosotros, una duda, el aletear de algo, algún incendio, el sentido de una voz, una batalla.
Sobre este mar, con olas que van y vienen perforadas, el aprendizaje adquiere su ritmo y personalidad. Esclava de una dinámica cultural que sustenta un estilo de desarrollo protagonizado por unos pocos, la educación sedimenta una manera de aprender, de mirarse y de mirar, de comparar, de legitimar que el techo de unos se proyecte en las estrellas y los de otros se cierre justo encima de su pelo. Un aprendizaje atiborrado de respuestas, henchido de tantas anticipaciones que la expresión del ser se extiende en un relato de fuegos fatuos, de esporádicos encantamientos que nos hacen llorar y recordarnos.
¿Cómo avanzar hacia la transformación de la
educación, para construir una nueva cultura y, a partir de ella, transitar un proceso de desarrollo sustentado en el ejercicio del ser relacionado con el protagonismo de todos los que conformamos la vida en el planeta? ¿Cómo fluir del estar esclavizado al ser poético, despierto, desplegado en los otros y en lo otro, sensible ante la herida que se abre en cualquier sitio del mundo, demandante de la trayectoria del agua, del viento, de las aves, del sentido de la luz y de la sombra, abrazado a preguntas que surgen de la inquietud manifiesta de camino comunes?
¿Escuchas el agua y en ella las piedras
y en las piedras la tierra, el viento, las galaxias,
la mano de un niño
que apaga su sed en una hoja de parra?
¿Escuchas, en medio de ese viaje,
la canción de tu cuerpo y en tu cuerpo
tu sangre, la brisa en las colinas,
la vocación del mundo en dos alas abiertas?
¿Escuchas la trayectoria del vuelo,
el camino, azul a veces, y en él tantos caminos
como penas deshechas, como besos que ruedan,
como bocas abiertas?
Escuchas la imaginación en tus palabras
y en ella el campo, el trigo, los molinos,
el pan y la mesa
que reúne tu sueño en otros sueños?
Es hora de responder como valientes al temblor y a las señales de nuestras experiencias.
Vivir, vivir, vivir, qué gritos trae,
qué silbidos, qué cicatrices en el agua,
qué suspiros, conversión de alambrados
en cursos de hojas secas movidas por el viento.
Llamaradas feroces se suceden, se levantan,
se copian en la lluvia y bajan
como heridas transparentes y agotadas.
Nos mojamos en ellas
Y nos incendiamos en el canto del agua. Nuestro lado herido
se complace, nuestro lado muerto vaga,
nuestro lado vivo se reproduce y acoge la visión de un mundo nuevo
como a un nuevo atardecer donde amanece,
donde las cruces enterradas en los sueños derrochan fantasía
y se abrazan al aire en formación de serpentinas.
¿Quién nos vio apagados? ¿Quién escuchó nuestras palabras
sin volumen, sin fuego, sin aire, sin pájaros?
Una tras otra las gaviotas nos entregan el cielo,
sobre la tierra nuestras manos azules se iluminan
y allí vamos, con nuestro lado herido, con nuestro lado muerto,
con nuestro lado vivo, a cambiarlo todo, todo, todo,
al amor, incluso, en más amor.
Más amplia es aun la brecha entre humanidad y desarrollo, si nos conmovemos en una relación de correspondencia y equilibrio con árboles, pájaros, ríos, animales, peces y montañas.
Y ahora respóndenos delgado ciprés.
Abierta en ti la carne. ¿Quién se llevó a los pájaros
si eran ellos una ruta hacia el misterio, quién volcó su canto en
un sobre sellado con la saliva del que dio la orden?
¿Por eso en nuestros labios la pérdida del agua,
porque somos ruido de zorzal sobre una hoja
y somos pena de perros, aullido hacia un cielo sin luna?
Nos matamos cien veces
doblados en el incendio de la misma mariposa. Seguimos vivos
y ella cae al olvido, se pierde el eje del color bajo un geranio
y el viento trae de las ventanas una mueca de incienso.
¿Tenemos que seguir nosotros respondiendo,
acaso no eres más alto que los escritorios
donde se alienta el olvido?
¿Por qué, mientras floreces, no haces temblar la tierra
para que nuestras palabras y la dirección de nuestros ojos
tengan sentido?
Ya basta de orientar la biología. Arranca, gime, grita,
estrangula el aire en tus hojas. Nuestra respiración es verde por ti
y nadie lo sabe. ¿De qué sirves entonces en nuestras gargantas
si te trasladamos a las bocas amadas y en sus bocas no hablas,
no pulverizas el viento, no esparces tus raíces y te quedas?
No podemos ser un árbol junto a ti
y tú no puedes ser un hombre a nuestro lado. ¡Qué importa!
somos relación de pájaros. En el viaje, la detención y la muerte
de un zorzal nos confundimos. El amanecer somos nosotros,
junto a innumerables otras cosas, es cierto,
pero en el amanecer de hoy, esta mañana,
tú detenido en las gotas de agua que numeran tus hojas
como nosotros numeramos las nuestras,
somos la misma estación, el mismo andén,
el mismo tren que parte con los besos que eran nuestros,
esos besos que perdimos porque nunca respondimos abrazados.
La posición de la naturaleza en los procesos de desarrollo es comparable con la posición de los niños. Ambos, naturaleza y niño, se desplazan, sobre esta realidad minimizada de la luminosidad del ser, como elementos utilitarios, moldeables, disponibles para la consolidación de un camino hacia itacas soñadas por un grupo de seres humanos que cabe en un lago y que se pierde en la imaginación de un solo niño.
Si es la armonía y disposición de todo el cuerpo lo que da plenitud y provoca el asombro en los movimientos de un atleta, de una bailarina o de una mariposa, bien podemos preguntarnos si, efectivamente, la humanidad ha transitado, de peldaño en peldaño, hacia estaciones más altas del desarrollo; si hemos avanzado; si estamos cada día más cerca de aquel horizonte común donde la tibieza de la existencia dirige sus miradas con admiración y ternura.
La movilización del mundo en torno a los anhelos de una porción de la humanidad, ha estructurado un conjunto de dominios, discursos, respuestas, indicaciones e indicadores que consolidan una red, un tejido cultural que da sentido al desarrollo de nuestra sociedad, y sobre él el tránsito de lo oportuno, de lo adecuado, de lo eficaz y lo rentable.
En torno a la extensión y reparación, cuando es necesario, de ese tejido cultural transita generalmente la educación. A su servicio se despliega el tipo de conocimiento, el estilo de las relaciones y la forma de calmar la sed de quienes buscan el agua internado en las aulas. No es la búsqueda del ser y sus anhelos, una manera de beber, lo que se expresa en las escuelas, sino el anhelo, la visión y la ascendencia de los protagonistas, sustentados en el tejido constante de una red incuestionable y selectiva, lo que se manifiesta en ellas. Desde afuera del ser provienen los contenidos de la luz, y el alumno se ve enfrentado a esa luz con el requerimiento de disponerse ante su composición como un continente vacío y oscuro.
Otra vez cae una hoja, llueve,
se levanta el aroma de la hierba
y un zorzal vuela con un grito en la sangre
y estoy aquí, estamos, otro días más
como un continente fragmentado
en la sala de clases. El sol cae y no nos toca,
la brisa pasa y no nos toca,
el silencio de la bruma se detiene
y ya no podemos escuchar
la determinación del agua y sus latidos.
Soy más pequeño que mis palabras, es cierto,
pero soy el que estornuda y crece bajo la luna
o junto a mis amigos
cuando nadie nos habla desde una sola voz irreductible
y somos en la sombra un mismo canto.
Soy bueno sobre los árboles
y no tanto en las calles. Mi hogar es tan ligero
como ellas, por eso muchas veces
me dan ganas de huir
y dividir un puñado de piedras en mi boca.
Soy bueno con el lápiz
cuando lo hago rodar sobre mi pelo
y no tanto cuando me descubren y me veo obligado
a explicar mi desconcierto.
Si saliéramos ahora mismo a enumerar los charcos
y a comparar sus volúmenes con las manos abiertas,
tal vez sería bueno en todas partes.
La educación y la escuela, espíritu y cuerpo, tienden a conformarse, en la agudización de este contexto, en el órgano reproductor fundamental de una cultura definida de manera externa a la correlación de los seres que constituyen la experiencia educativa, supervisada por una porción atenta y comprometida con una selección de metas e intereses. No vaya a suceder que, de pronto, surjan soñadores que, con otros, construyan sueños propios y les dé por convocar al mundo a sembrar en las calles avellanos, naranjos, girasoles y después, más encima, quieran regarlos. Imaginen si los niños reconocen su ritmo de personas y pretendan tocar la vida con sus manos. Es mejor que avancen sintiendo que son ellos el futuro, porque la movilización de su presente es tan vago, tan inmanejable, tan incierto. ¿Qué haríamos, si la red se va cerrando y queda convertida en una mesa tan amplia como el mundo, donde todos puedan subir y nadie tenga miedo de caer?
Los niños son el futuro... ¿no el presente?. Los estudiantes son alumnos...¿no tienen luz?. Los adolescentes...¿adolecen?. Lo que entrega la educación son contenidos... ¿los estudiantes, entonces, continentes?. Demasiada coherencia en el discurso para negar que el proceso educativo se desdibujan los caminos orientados a descubrir y movilizar la luminosidad del ser, a relacionar a las personas en torno al descubrimiento de sus inquietudes, sentimientos, motivaciones y capacidades para imaginar itacas y en torno a ellas construir senderos comunes.La expresión fluye en el ejercicio educativo formal como un pretexto. No es el amar y ser amado, la vocación de los abrazos, el revelar con colores, con palabras o con la disposición de hojas secas la movilización interior frente a los hechos, lo que da sentido al acto de plasmarse, día tras día, en un sector de aprendizaje u otro, respecto al mar y a la familia, a las calles y plazas, al cerebro y los astros.
En las aulas del mundo se pierden y son relegadas al olvido, minuto a minuto, millones de obras en las que seres humanos han puesto en tensión sus emociones, sus formas de ver el mundo y sus latidos. Millones de dibujos, soluciones, poemas, diseños, opiniones, perecen tras ser convocados a materializarse como un pretexto para evaluar la limpieza de las líneas, la posición de las comas o el temblor de las manos al hablar. Desplazada la realidad más cercana, la que fluye del espíritu del ser analogándose en el mundo, se sentencia lo importante y se relega el valor de la expresión hacia el futuro. El sentido de complementariedad de estar y ser es dibujado con pinceladas de vapor, como detalle transitorio, fugaz, irrelevante. Desagregación tras desagregación se acumula una vocación de nutrientes que alimenta la apatía, el temor por el otro, la despreocupación por lo otro, la evolución de los jardines separados por cuchillos, de ríos convertidos en cloacas, de ilusiones imposibles colgando en las vidrieras, de medicamentos y leyes que se multiplican como muestras de la dedicación e inteligencia que nos abraza y nos guía.
Vivimos el curso de esta práctica, atendiendo, sin mayores sobresaltos aparentes, cómo, silenciosamente, los contenidos que conforman la cultura selectiva van desplazando los propios y se va instalando en nosotros una forma complaciente de transitar por el mundo.
Y sobre esta tensión educativa se pretende, en gran parte de los países del mundo, resolver la inequidad, y el estado de vulnerabilidad y exclusión que se presenta en su población. Basta con observar cómo los niños que por razones conductuales son percibidos y tratados por los sistemas educativos como amenazas, para identificar el curso práctico de la educación, su posición frente al ser y a sus motivaciones y problemáticas. Frente a ellos, una versión externa agudiza siempre sus sentidos y responde.
Por qué si respiro
y pienso en el mar, en el aleteo
del viento en las colinas,
en correr al encuentro del sol
como si anidarán en ellos
los brazos de mi madre.
Por qué me siento solo
si vuelo en tantas cosas.
Si en tantas cosas tiemblo,
si en tantas cosas sueño,
por qué son tan distintas
y en nidos tan lejanos
se cobijan
las cosas que vuelan a mi lado.
Esa fuga expresiva, ese llanto coherente con la extensión de la herida, se dilata como la visibilización de una realidad que pone en peligro el clima relacional adecuado a la construcción de sujetos sostenidos en el eje de adaptabilidad a los cambios. La escuela, en tanto actúa como laboratorio de producción de competencias, inhibe la posibilidad a que la genuina movilización del ser se pregunte y responda qué o quiénes generan esos cambios, qué o quiénes proyectan del presente la envergadura de sus alas abiertas para instalar las cualidades del individuo del futuro.
Este modo de educación, que sin embargo es transversal a los diversos estratos sociales, encuentra en los grupos que ostentan el poder en la sociedad una disposición de abdicación efectiva, coherente con su posición de reales beneficiarios, materializando el presente como una práctica constante de las realidades que les abrazarán en el futuro. La soledad y el desplazamiento del ser se resuelve en ellos de una manera distinta, y cursan el sometimiento de sus niños con recreos sostenidos y abundantes. En los sectores mayoritarios en tanto, es habitual que la educación se esfuerce en arrancar, fragmentar, el presente, vaciando la posibilidad de que la multiplicidad de situaciones y relaciones que presenta la realidad se convierta en una forma de sentir y proyectar y proyectarse en el mundo. Por lo general, los niños “amenazas”, en el mejor de los casos, son separados de sus pares y tratados con programas marginales a la posibilidad de sentir y abordar los problemas del otro como propios. Es más importante que los niños y jóvenes, y quienes participan con ellos en el proceso educativo, avancen en el dominio de las competencias que les harán correr en el futuro, a permitir que “quienes van por un buen camino” se detengan a pensar en los problemas del otro y en torno al despliegue de sus afectos, curiosidades y vínculos se resuelva la movilización de sus aprendizajes.
En este contexto, la disposición del docente, del directivo de escuela, del “buen alumno”, del apoderado comprometido con la educación de su hijo o hija, del sostenedor de colegios, se manifiesta coherentemente con el ejercicio de ir transitando en una red precaria, competitiva, con amplios vacíos y tensionada por ataduras de indicadores ajenos. En lugar de conmoverse ante un niño que expresa sus dificultades, se ven convocados a temblar, a sentir amenazados su trabajo, su cargo, su futuro, sus esfuerzos o la imagen de su empresa y sus ganancias.
Esto, sin embargo, es una grito evidente de un estilo general de educación que, con otros detalles, aparentemente subterráneos, transversaliza una dinámica, una forma de operar, de alinear el sentido de los ojos sobre el mundo, de conducir voluntades, de anticipar al ser y sus anhelos. No por nada es en los jóvenes en quienes los adultos menos confían. No por nada la violencia aumenta en las aulas del mundo como los envoltorios plásticos en las aceras, sobre el césped y en las playas. No por nada las depresiones y ansiedades se multiplican como los espacios vacíos en los bosques nativos. No por nada la droga constituye cada día más ventanas para contemplar nuevos paisajes, mientras en las poblaciones las plazas ruegan para que alguien se les acerque y volver a ser motivo de contemplación y convivencia. No por nada las leyes se modifican para condenar también a quienes podrían estar jugando al trompo, a las naciones, o elevando volantines. No por nada las cárceles están llenas de asesinos, ladrones, violadores, que un día fueron niños percibidos y tratados como amenazas. No por nada los presupuestos militares son tan altos, tan amplios, tan profundos. No por nada, los gestos de amor, de solidaridad, de integración, se han anquilosado en ciertas instituciones y no en la forma de vivir y organizarse en cada hogar, en cada calle, en cada escuela, en cada barrio. No por nada, cada tres o cien palabras, después de dos o diez caricias, o al mismo tiempo de aprender y utilizar un dato nuevo, sentimos otra vez que estamos solos, que algo falta en nosotros, una duda, el aletear de algo, algún incendio, el sentido de una voz, una batalla.
Sobre este mar, con olas que van y vienen perforadas, el aprendizaje adquiere su ritmo y personalidad. Esclava de una dinámica cultural que sustenta un estilo de desarrollo protagonizado por unos pocos, la educación sedimenta una manera de aprender, de mirarse y de mirar, de comparar, de legitimar que el techo de unos se proyecte en las estrellas y los de otros se cierre justo encima de su pelo. Un aprendizaje atiborrado de respuestas, henchido de tantas anticipaciones que la expresión del ser se extiende en un relato de fuegos fatuos, de esporádicos encantamientos que nos hacen llorar y recordarnos.
¿Cómo avanzar hacia la transformación de la
educación, para construir una nueva cultura y, a partir de ella, transitar un proceso de desarrollo sustentado en el ejercicio del ser relacionado con el protagonismo de todos los que conformamos la vida en el planeta? ¿Cómo fluir del estar esclavizado al ser poético, despierto, desplegado en los otros y en lo otro, sensible ante la herida que se abre en cualquier sitio del mundo, demandante de la trayectoria del agua, del viento, de las aves, del sentido de la luz y de la sombra, abrazado a preguntas que surgen de la inquietud manifiesta de camino comunes?¿Escuchas el agua y en ella las piedras
y en las piedras la tierra, el viento, las galaxias,
la mano de un niño
que apaga su sed en una hoja de parra?
¿Escuchas, en medio de ese viaje,
la canción de tu cuerpo y en tu cuerpo
tu sangre, la brisa en las colinas,
la vocación del mundo en dos alas abiertas?
¿Escuchas la trayectoria del vuelo,
el camino, azul a veces, y en él tantos caminos
como penas deshechas, como besos que ruedan,
como bocas abiertas?
Escuchas la imaginación en tus palabras
y en ella el campo, el trigo, los molinos,
el pan y la mesa
que reúne tu sueño en otros sueños?
Es hora de responder como valientes al temblor y a las señales de nuestras experiencias.
Vivir, vivir, vivir, qué gritos trae,
qué silbidos, qué cicatrices en el agua,
qué suspiros, conversión de alambrados
en cursos de hojas secas movidas por el viento.
Llamaradas feroces se suceden, se levantan,
se copian en la lluvia y bajan
como heridas transparentes y agotadas.
Nos mojamos en ellas
Y nos incendiamos en el canto del agua. Nuestro lado herido
se complace, nuestro lado muerto vaga,
nuestro lado vivo se reproduce y acoge la visión de un mundo nuevo
como a un nuevo atardecer donde amanece,
donde las cruces enterradas en los sueños derrochan fantasía
y se abrazan al aire en formación de serpentinas.
¿Quién nos vio apagados? ¿Quién escuchó nuestras palabras
sin volumen, sin fuego, sin aire, sin pájaros?
Una tras otra las gaviotas nos entregan el cielo,
sobre la tierra nuestras manos azules se iluminan
y allí vamos, con nuestro lado herido, con nuestro lado muerto,
con nuestro lado vivo, a cambiarlo todo, todo, todo,
al amor, incluso, en más amor.
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